Leyendo el Zeitgeist a través de la moda
- Laurel Creative Studio
- 2 jun
- 7 min de lectura
La ropa nunca es solo ropa
Hay una palabra alemana que no tiene traducción exacta al español: Zeitgeist. Espíritu del tiempo. El estado emocional colectivo de una época, lo que una sociedad siente, teme, desea o rechaza en un momento dado. Los filósofos lo articulan después y mucho más adelante los historiadores lo documentan, pero la ropa lo manifiesta de una manera más inmediata.
Antes de que aparezca en las investigaciones, en los análisis, en los medios, el espíritu de una era ya está en la silueta, en el largo del dobladillo, en qué se cubre y qué se expone, en qué materiales se consideran aceptables y cuáles no. La moda es un registro inmediato del inconsciente colectivo.
En los años 70 en Gran Bretaña había desempleo masivo, una economía en colapso y una generación que no veía futuro. Y entonces apareció el punk. Ropa destruida, alfileres de seguridad (nodrizas) como accesorios, telas rasgadas, colores que agredían. Una generación que se vistió de lo que sentía y que luego diseñadoras como Vivienne Westwood lo articularon en prendas y colecciones.
En los 80s, las mujeres entraron masivamente al mundo laboral en estructuras que no habían sido construidas para ellas y apareció el power dressing. Hombreras exageradas, trajes estructurados, la silueta de autoridad que el mundo todavía no les daba pero ellas ya se ponían, un síntoma de transformación social, una necesidad de proyectar en su exterior el contexto corporativo, tanto por la muestra de capacidades de trabajo como por el respeto que trae cierto tipo de vestimenta en estos ámbitos y que históricamente ha sido más difícil de obtener para las mujeres.
Después de la pandemia, cuando salimos todos agotados y sin saber muy bien qué era real, apareció el quiet luxury. Ropa sin logos, sin color, sin ruido, la estética del control en un mundo que se sentía completamente fuera de él, pero además llega en un momento de la historia en el cuál estamos viendo el resurgimiento de movimientos fascistas y de ultraderecha, para los cuales lo tradicional, lo “puro” y lo “limpio” es muy importante. El surgimiento de esos movimientos también es parte del espíritu del tiempo, y así lo representa la moda.
Aprender a leer esto, además de darnos conciencia sobre el clima cultural, social, político y económico del mundo, tiene una utilidad concreta para quienes creamos. Entender qué está sintiendo la gente en este momento nos ayuda a anticipar hacia dónde nos dirigimos, hacia dónde va la imagen.
Cómo leer el zeitgeist a través de la moda
Leer la moda como documento cultural requiere saber qué mirar, tiene un método. Hay variables concretas que leídas en conjunto revelan el estado emocional de una época con precisión y funcionan como una lectura en conjunto.
El color dominante
El color es la señal más inmediata y la más difícil de racionalizar en el momento en que ocurre. La gente adopta paletas de forma casi inconsciente, y esa adopción masiva siempre dice algo.
Los años 50 en Estados Unidos fueron una explosión de color. Rosa, turquesa, amarillo limón. Era la posguerra, había prosperidad económica real, fe en el futuro. Cuando llegaron los 70 y la crisis del petróleo, la inflación y Vietnam, los colores se apagaron. Marrones, mostazas, verdes oliva, tierra. El quiet luxury de los 2010s y 2020s llegó al extremo de eso: beige sobre beige sobre gris, neutrales totales, una época de ansiedad crónica que se vistió de la forma más silenciosa posible.
En el Congo de los años 70 el color funcionó de otra manera. Bajo la dictadura de Mobutu Sese Seko, el régimen prohibió la ropa occidental y exigió vestimenta tradicional africana como parte de un proyecto de africanización forzada. La respuesta de los Sapeurs fue ponerse trajes en colores imposibles. Amarillo canario, carmesí, verde botella. Mientras en el norte global el color celebraba la prosperidad o se apagaba con la crisis, en Brazzaville y Kinshasa era desobediencia civil.
La adopción generalizada del negro merece atención aparte. Aparece en momentos de recesión económica, de duelo colectivo, de agotamiento social, pero también como respuesta estética a la saturación del color. Los 90s lo popularizaron como postura contracultural, y las estéticas góticas y alternativas lo han sostenido como lenguaje propio a través de distintas épocas, resurgiendo cada vez que una generación necesita un espacio visual de disidencia. Que el negro sea hoy el color más vendido en moda a nivel global dice algo sobre el momento en que vivimos
La silueta
La silueta es la forma que el cuerpo adopta socialmente en una época. Siempre tiene una intención, aunque quien la use no sea consciente de ella.
La silueta ampollada del New Look de Dior llegó en 1947, justo después de la Segunda Guerra Mundial. Faldas largas, cintura marcada, hombros suaves. Una respuesta directa a los años de austeridad y uniformidad del conflicto. La sociedad quería volver a algo que se sintiera lujoso, exagerado. La silueta del New Look fue ese regreso.
Exactamente en el mismo período, en India, Gandhi construía el argumento contrario. Su taparrabos era una silueta deliberadamente despojada como rechazo al poder colonial, un contraste calculado entre la riqueza británica y la condición real del pueblo indio. Mientras Dior añadía tela, Gandhi la quitaba. Dos siluetas respondiendo al mismo momento histórico desde lugares radicalmente distintos.
Los hombreras de los 80s construyeron arquitectura de poder sobre el cuerpo femenino. Una silueta que comunicaba autoridad en espacios que históricamente la habían negado. Cuando llegaron los 90s, Calvin Klein y Helmut Lang respondieron al exceso con lo opuesto: silueta plana, sin estructura, despojada, una generación agotada del ruido de la década anterior.
La relación con el cuerpo
Qué tanto se muestra el cuerpo, cómo se muestra y qué partes se priorizan habla directamente de la relación que una sociedad tiene con el deseo, el poder y la autonomía.
La minifalda apareció en 1965 en el contexto del movimiento por los derechos civiles, el feminismo de segunda ola y una juventud que rechazaba activamente los valores de sus padres, mostrar las piernas era un acto político. Lo sigue siendo hasta el día de hoy, porque aunque muchas cosas han cambiado, mostrar el cuerpo sigue siendo sujeto de polemica.
En India, el sari recorrió el camino contrario con la misma lógica. Durante el movimiento de independencia, entre 1930 y 1947, el estilo Nivi emergió como vestimenta nacional unificadora. Lo que se cubría y cómo se cubría se convirtió en declaración de identidad frente al colonizador. Después de la independencia, figuras como Indira Gandhi lo usaron conscientemente para proyectar herencia cultural y autoridad moderna al mismo tiempo. De esta manera la misma prenda que cubría el cuerpo era un reclamo de soberanía.
En Bolivia, la pollera aymara vivió décadas de supresión. Históricamente excluida de los espacios de poder y prohibida en oficios públicos hasta la revolución de 1952, fue reimaginada por las mujeres aymaras como declaración de estatus y soberanía cultural. En 2016, un colectivo de mujeres aymaras montañistas abrió un desfile en la residencia del embajador de Brasil usando polleras opulentas combinadas con equipo de escalada.
Los debates europeos sobre el burkini en los 2010s son el mismo fenómeno desde otro ángulo.
Lo que se cubre y lo que se expone siempre está negociando con el poder, con la norma, con lo que una sociedad considera aceptable o amenazante. La obsesión contemporánea con el athleisure dice algo parecido desde otro lugar: una cultura que romantizó la productividad y el rendimiento físico hasta convertirlos en identidad que ve el cuerpo como proyecto de optimización permanente.
Qué se exagera
Lo que una época lleva al extremo es lo que más le importa, o lo que más le angustia.
Los logos gigantes de los 80s y 90s eran la exageración del estatus en una época que hizo del consumo una religión. Louis Vuitton, Gucci, Versace en todo. Tener no era suficiente, había que mostrar la marca
Los Sapeurs del Congo hacían algo formalmente idéntico desde una posición completamente distinta. En Brazzaville, en medio de décadas de conflicto armado y pobreza extrema, aparecían en las calles con trajes de doble botonadura en colores imposibles, zapatos de charol que atrapaban la luz, pañuelos al cuello. La exageración del dandismo en ese contexto era dignidad deliberada en un entorno diseñado para negarla.
Las plataformas imposibles de los 70s y los 90s, desde los zapatos de ABBA hasta los de las Spice Girls, exageraban la altura en momentos de expansión cultural y optimismo. El volumen extremo que está volviendo ahora, las mangas exageradas, las proporciones rotas, llegan en un momento de saturación de lo minimalista y de búsqueda de individualidad en un mundo que el algoritmo tiende a uniformizar.
Qué desaparece
El corsé desapareció después de la Primera Guerra Mundial. Las mujeres habían trabajado en fábricas durante el conflicto, habían ocupado roles que antes se les negaban. Cuando terminó la guerra sus cuerpos ya no estaban dispuestos a volver a la restricción física. La prenda desapareció porque lo que representaba ya no era sostenible.
Sin embargo, esta prenda ha vuelto a aparecer desde los 2010’s hasta hoy con cada vez más prevalencia, pero el uso ha cambiado. Usado por fuera de la ropa, sobre camisetas y vestidos, o como prenda principal, resignificado por figuras como Kim Kardashian o en colecciones de Alexander McQueen y Vivienne Westwood, dice algo distinto. La prenda es usada para enmarcar y no para contener.
La pollera boliviana recorrió el proceso contrario. Desapareció de los espacios de poder durante décadas, suprimida por sistemas que asociaban esa prenda con inferioridad racial y de clase. Su regreso fue la recuperación de un símbolo que había sido sistemáticamente borrado.
El traje formal masculino lleva décadas en declive sostenido. En los 60s era prácticamente obligatorio en cualquier contexto profesional. Hoy es la excepción. Ese abandono gradual habla de una transformación profunda en cómo se entiende la autoridad, la seriedad y el trabajo mismo.
Y luego están las desapariciones forzadas. En el Brasil de la dictadura militar de los 70s, el movimiento Tropicália usó la imagen, el vestuario y la performance como subversión directa al régimen. Lo que el gobierno intentaba borrar de la cultura visual, los tropicalistas lo exageraban y lo sacaban a relucir. Las ausencias que un poder impone siempre generan una respuesta estética.
Cómo usarlo
El método consiste en leerlas en conjunto y preguntarse qué tienen en común.
Lo que agregan los ejemplos fuera del norte global es una capa que muchas veces dejamos de lado por tener el foco en un solo contexto: el mismo gesto estético puede tener significados completamente distintos dependiendo del contexto político en que ocurre. El color vibrante en una economía próspera es celebración, el color vibrante bajo una dictadura que te prohíbe usarlo es resistencia. La silueta despojada en París en los 90s es minimalismo de diseñador, la silueta despojada de Gandhi es un argumento anticolonial.
Leer la moda sin contexto político es leer a medias. El mismo gesto estético puede significar cosas completamente distintas dependiendo de dónde ocurre y bajo qué condiciones. El color vibrante de los Sapeurs y el color vibrante de la posguerra americana comparten la superficie pero no el contenido. La silueta de Gandhi y la de Helmut Lang son formalmente parecidas y conceptualmente opuestas. Lo que cambia todo es siempre la pregunta de fondo: ¿qué estaba sintiendo esta gente, y qué les estaba pasando cuando decidieron vestirse así?
En los próximos textos aplicamos este método a cada era. Desde las guerras mundiales hasta Colombia hoy.

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